Dulce agonía
Solía mencionar los peligros, el acecho constante de un ataque cardiaco. No te excedas, José, me reprimía Carmela, mi esposa, una mujer educada con rigor y disciplina, que así como sus padres la introdujeron a la cultura alimenticia de lo sinsabor, no cesaba en juzgar mis hábitos. ¿Y qué si yo quería llegar a las cinco de la mañana, beber, jugar a las cartas, comer todas las bondades de la repostería y pernoctar donde la fiesta concluyera? Pero Carmela no me dejaba en paz. Llevas un ritmo de vida muy acelerado, José, me intentaba adiestrar. No sé en qué lugares andas y me tienes muy preocupada, José. ¿Qué no entendía los motivos de mi casamiento?, precisamente para no entregar cuentas. Y por las mañanas notaba que había llorado, como si no supiera cuidarme solo, como si con las lágrimas fuera a cambiarme. Ay, José, ayer por la noche tuve un mal presentimiento y pensé que me hablarían de algún hospital para reportarme un accidente tuyo, vociferaba ella. No sufras, mujer, le decía desesperado, date cuenta que no necesito de tu llanto. Y peor aún eran sus intentos de reducir la cantidad de azúcar que consumía. No comas tantos pasteles que te vas a poner mal, José, quería controlar. Si vas a beber así, procura no hacerlo con tanta Coca-cola. ¿Entonces cómo, vieja metiche? Qué manera de amargarlo a uno. Continue reading









