Me marcas
Los miedos se colapsan con el primer sorbo de los néctares de la noche, la luna compadece incluso al más desolado, lo incita, lo manipula, te dice Ven que hoy te acompaño adónde tus deseos, por costosos, por baratos, te acorralen. Por eso la cadena del antro se desliza por la mano del hombre de traje y corbata, que saluda y desecha, porque la luz emanando del cielo negro se mezcla con el licor, con el baile, con el derramamiento de ardores pacientes, de hormonas al borde del suicidio. Subo las escaleras para presenciar el desfile de trapos, trapazos y trapejos, para suministrar y ser suministrado, para endosarme a la penumbra. En los bolsillos del pantalón guardo los papeles que urgen ser desterrados, las tarjetas que no quiero extender, las llaves que me conducirán de vuelta y el celular que me reprocha: nos odiamos. Aquí los sueños duran dos botellas de ron, veinte rosas, cientos de miradas, trescientos veinte pesos por persona, cinco aguas minerales, tres limones, diez abrazos, quince manoseadas y lo básico: un continuo ¿en dónde está tu mesa? Así que la música me da la bienvenida, me dice Te estaba esperando, soñador, ¿te sirvo una? Claro, no preguntes, sólo invítame a caer sobre la miel espesa del maquillaje, enséñame a sobrellevar los pasos de aquéllas, las amenazas de los suyos, chasquea los dedos al ritmo de un suave Jódete, suelta mi mano cuando suenen las campanas del Ya me jodí. ¿Fumas? Ni madres, yo soy sano, únicamente tomo hasta vomitar deseos, hasta darme cuenta que la alfombra del lugar está lo suficientemente húmeda para largarme. Y antes de regresar al mundo de los tragos unos ojos que se mudan fácilmente me repiten Aquí hay tequila, por si quieres agarrarme la cintura, pero ya he caído en el error de modificarme, de adaptarme a una plática absurda, así que me retiro y busco el regazo de mi amiga La Botella. Salto, recuerdo, añoro y me ubico, mis años siguen vigentes pero se ya se marcharon, que hueva. Si soy de los más viejos dentro del cúmulo de antrólicos entonces llevo las de ganar, puedo ser el prohibido, y todos sabemos que lo que no te mata te pone una chinga, sin embargo a eso se viene a este centro recreativo, a sumergirse en la oscuridad, a dejar de ser para revelar desdenes. Quien no ha sido bateado es porque no ha jugado adecuadamente. Ésa razón empuja a Valemadres, mi amigo, a la pasarela de bateo, con los guantes ajustados y el cinturón rasgando ombligos, y se acerca con una mujer modelo 90 que presume estar de modísima, el novio enfoca la mirada a unos diez metros de distancia, pero no ve porque mi labor es la de interpretar a una pantalla de cuero. Le susurra al oído, le muestra la hebilla, se sacude una sonrisa. Ella no tarda, le devuelve la cortesía de hacer encabronar al que observa pero se apendeja, porque su mesero ya le está cobrando la cuenta y él sólo entiende de billetes. Arriesgadamente llegamos al clímax de la noche, pues Valemadres le pasa su celular, le secretea que él no digitará su número telefónico, así que ella lo toma, se esconde entre sus amigas, aprieta los botones, lanza miradas y verifica la ingenuidad de su mesero, digo, de su novio, el que le pagó la peda, la cena, las flores y el engaño. Mi amigo sale victorioso, triunfante, con otro nombre en su lista de contactos. Yo me pregunto si hay algo más que se pueda hacer después de la violación a las reglas del compromiso. No existe respuesta, doy el último sorbo y salgo a dormir con la luna.
Juan Pablo Torres
Febrero 2010



lindo… muy lindo. me quedo con la imagen del sueño con luna.