Dulce agonía
Solía mencionar los peligros, el acecho constante de un ataque cardiaco. No te excedas, José, me reprimía Carmela, mi esposa, una mujer educada con rigor y disciplina, que así como sus padres la introdujeron a la cultura alimenticia de lo sinsabor, no cesaba en juzgar mis hábitos. ¿Y qué si yo quería llegar a las cinco de la mañana, beber, jugar a las cartas, comer todas las bondades de la repostería y pernoctar donde la fiesta concluyera? Pero Carmela no me dejaba en paz. Llevas un ritmo de vida muy acelerado, José, me intentaba adiestrar. No sé en qué lugares andas y me tienes muy preocupada, José. ¿Qué no entendía los motivos de mi casamiento?, precisamente para no entregar cuentas. Y por las mañanas notaba que había llorado, como si no supiera cuidarme solo, como si con las lágrimas fuera a cambiarme. Ay, José, ayer por la noche tuve un mal presentimiento y pensé que me hablarían de algún hospital para reportarme un accidente tuyo, vociferaba ella. No sufras, mujer, le decía desesperado, date cuenta que no necesito de tu llanto. Y peor aún eran sus intentos de reducir la cantidad de azúcar que consumía. No comas tantos pasteles que te vas a poner mal, José, quería controlar. Si vas a beber así, procura no hacerlo con tanta Coca-cola. ¿Entonces cómo, vieja metiche? Qué manera de amargarlo a uno.
Y cuando los doctores me diagnosticaron diabetes, es decir que la insulina de mi cuerpo se había cansado de las embestidas de caramelos circulando el organismo como la sangre misma, fue complicado justificar las causas con la herencia genética de padres o abuelos. Las sugerencias dietéticas serían mis acompañantes y vigías, y los cambios en mi cuerpo, un estorbo.
De un momento a otro fui obligado al abandono de postres y refrescos, como si las gotas de vida que de ellos brotan resultaran ser un simple juego, porque los especialistas de la salud sonrieron compadeciendo mi nueva condición de arrimado al mundo de los light, aunque no me recomendaron ésas marcas de productos desconocidos que únicamente los desprotegidos como yo deberían anotar en sus listas de supermercado.
Algo bueno encontrarás en las golosinas libres de azúcar, José, pensaba despechado, amargado irónicamente por la falta de sabores, mientras el verdadero problema no se alojaba ya en mi cuerpo ni mente, sino a un lado de mí en la cama, los sillones, el comedor, el automóvil: Carmela. Quizá sus motivos se redujeron al hecho de haberla señalado como la responsable de mi desastre. Los médicos dicen que no, pero yo estoy seguro que el estrés provocado por sus arrebatos emocionales fue la razón de mi problema.
Y ella, que únicamente comía ensaladas, en ese momento no se resistió a las dulces caricias de los chocolates suizos, los turrones españoles, los merengues de Catedral, las galletas caseras y demás demonios confitados de fuego, decorados con azufre batido a punto de muerte. Tras mi vaga aceptación se dedicó a complicarme la vida. Cocinaba día y noche, el horno era su cómplice, la batidora su arma letal. Y mientras veíamos la televisión los demonios no dejan de trepar los muebles, incluso el colchón se revolcaba con montones de pequeños trozos de azúcar, sin embargo yo no soltaba mi escudo, un paquete de gomitas desabridas que todavía me repugnan. Carmela me inspiraba al suicidio con los banquetes que ingería sin mirarme, pues se limitaba a decir qué rico, José, no sabes de lo que te pierdes, éntrale a tus gomitas. Yo te lo dije, José, no abuses de la comida, de los placeres que te llevan a pecar de gula. Su figura, antes esbelta, quedó en el recuerdo, o mejor dicho en el olvido, porque se embutía tal cantidad de golosinas que su vientre, brazos y piernas comenzaron a ensancharse, y no perdía tiempo para su dulce venganza, compraba jamoncillos de Lagos, mandaba a las sirvientas por pan de manteca, merendaba chocolate Abuelita y campechanas con cajeta, mientras yo, solo, arruinado con un plato de jícama, en la orilla de mi devastación, soportaba sus burlas silenciosas, sus lecciones abrumadoras. Hoy el pan está mejor que nunca, además está recién hecho, caliente, como te gusta, José, repetía Lucifer. ¿Los días de fiesta? Pues habían llegado a su fin como todo lo bueno. ¿Te imaginas no poder comer todo esto, José? Qué pesar. Ay, perdón, es que se me olvida.
Es curioso cómo la línea de la vida se puede ver truncada por el apetito de venganza. El día en que murió Carmela de un paro diabético no reí ni encontré respuestas, solamente anhelé que hubiera disfrutado de su dulce agonía.
Juan Pablo Torres. (Enero 2010)



Bien por ese chorro de humor negro.